El símbolo de la Ouróboros está conmigo desde que pude armar el primer cuento respetando (hasta donde pude) sus leyes. Es un misterio para mí cómo el mismo símbolo se fue apoderando de mis espacios pictóricos casi sin que yo lo advirtiera.
En NACIMIENTO DE OURÓBOROS aparece surgiendo de las llamas y el agua. En COMBATE DE OURÓBOROS se duplica y una y otra buscan devorarse.
En el primero de los casos fue un trabajo lento que avanzó con dificultades y culminó cuando una obra ajena a él, y que me preocupaba mucho, pudo ser terminada. Recién entonces di la última pincelada y la firmé. En el segundo caso fue todo muy rápido, espontáneo, con gruesos errores de composición, diversas cargas y una sensación de libertad pocas veces sentida. Ambos trabajos son muy elogiados siempre, quizá porque todos tenemos algún círculo que debe ser cerrado, como en el Nacimiento de Ouróboros, o una lucha entre dos fuerzas que no terminan de devorarse. Es curiosa la fascinación que manifiestan casi todos hacia estos cuadros.
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